Desperté. El goteo de la canilla del baño siempre se las ingeniaba para evitar ser sosegado eternamente. Cada gota tenía vida propia. Cada transcurso de segundo, y cada lapso de tiempo entre goteo se hacía eterno. Lo peor es que desperté sabiendo lo que me esperaba. El primer paso fuera de la cama fue por inercia. No soportaba estar ahí sentado durante más tiempo. Porque duermo sentado. Dí unos pasos, que se transformaron en algunos otros más, y llegué al baño. Apagué ese incandescente y ridículamente insoportable sonido mientras las paredes del baño, cubiertas por blancos y brillantes azulejos me miraban con desprecio. Acababa de matar su única diversión. Las escaleras estaban frías. Al menos así las sentí cuando caí por ellas. Nunca había bajado al primer piso tan rápido.
Desperté. Giré la llave, y el goteo comenzó. Las veía morir, una tras otra, ya sabían lo que les esperaba. Ya conocían su destino. Su destino era caer. Caer y producir ese incómodo sonido. Cada gota caía sola. Pero caía. Caía y se unía a las demás, en un recóndito e inesperado destino: desaparecer. Desaparecer tal como lo hacen las flores cuando llega el invierno, o las alucinaciones de un adicto al ajenjo cuando su botella termina vacía. Las escaleras me hablaban. Yo caía. Mi ruido causó mi despertar. Frío e inesperado.
Desperté. Estaba en el descanso de la escalera. El único goteo que escuchaba era el de mi propia sangre. Se filtraba desde mi nariz, y se alojaba en la comisura de mis labios. La sangre humana tiene cierto sabor metálico, inconfundible a la hora de probar que lo que nos llena la cara no es exactamente agua. Mis pasos fueron encleques, como los de un recién nacido, y a pesar de recientemente haber bajado las escaleras, sentí la necesidad de subirlas nuevamente. Las subí, me senté en mi cama, y fue allí cuando comenzó nuevamente el goteo.
Mis sueños parecen nunca terminar, y sólo se ven interrumpidos por el goteo de la canilla del baño, que todas las mañanas se las ingenia para sacarme de los tan lisérgicos sueños que acosan mi subconsciente.
Desperté. Giré la llave, y el goteo comenzó. Las veía morir, una tras otra, ya sabían lo que les esperaba. Ya conocían su destino. Su destino era caer. Caer y producir ese incómodo sonido. Cada gota caía sola. Pero caía. Caía y se unía a las demás, en un recóndito e inesperado destino: desaparecer. Desaparecer tal como lo hacen las flores cuando llega el invierno, o las alucinaciones de un adicto al ajenjo cuando su botella termina vacía. Las escaleras me hablaban. Yo caía. Mi ruido causó mi despertar. Frío e inesperado.
Desperté. Estaba en el descanso de la escalera. El único goteo que escuchaba era el de mi propia sangre. Se filtraba desde mi nariz, y se alojaba en la comisura de mis labios. La sangre humana tiene cierto sabor metálico, inconfundible a la hora de probar que lo que nos llena la cara no es exactamente agua. Mis pasos fueron encleques, como los de un recién nacido, y a pesar de recientemente haber bajado las escaleras, sentí la necesidad de subirlas nuevamente. Las subí, me senté en mi cama, y fue allí cuando comenzó nuevamente el goteo.
Mis sueños parecen nunca terminar, y sólo se ven interrumpidos por el goteo de la canilla del baño, que todas las mañanas se las ingenia para sacarme de los tan lisérgicos sueños que acosan mi subconsciente.
